El poeta es el Sacerdote de lo Invisible
Aquella noche estaba sentado en alguna nube gris cuando de repente observe mis manos, vi como mis uñas escupían tinta y como los papeles se arrimaban a mi cuerpo para ser calcinados mi inútil creatividad. Entonces decidí reencontrarme con mis deberes universitarios y empecé a escribir esto. Es verídico, el poeta tiene un no sé que, algo especial, un portal ínter-dimensional de sueños que se confabulan en las imágenes poéticas sepultadas en los versos. Hay palabras que tienen ese encanto alucinante que despierta el serpenteo en el estomago y la emoción incontrolable en las rendijas de los dedos. Siempre recuerdo un aforismo que escuche en clase, que justifica mi creación: “El Poeta es el Sacerdote de lo Invisible”, es cómico, lo primero que me pasó por la mente, fue la figura caucásica de Julio Jiménez, imitando la técnica de consumo de cigarrillos de Cesar Pavece y dejando caer las cenizas en una Biblia de paginas arenosas que simulaba los millones de cigarros que han muerto en su interior.
Luego, reflexione un poco más sobre este asunto del sacerdotismo. ¿Qué tan santa será la palabra? ¿Cuánta perversión cabe en el pecho de un poeta? ¿Cuántos poetas malditos hoy susurran al oído del Papa sus poemas de erotismo y aberrancia, mientras que la prensa amarillista se burla del sobrero azul que le tapaba las orejas?
Un poeta siempre esta envestido como sacerdote de la palabra, de ese numen invisible que en todos los pechos sensibles palpita. El poeta como el sacrílego esotérico que rinde culto a los kilómetros de tinta de un bolígrafo, mientras incendia a los santos para erguir la estatua de la lesbiana más poética de todas, la sacerdotisa Safo inmortal, la figura occidental del feminismo poético.
Tantas cosas convergen en el poeta; lo loco, lo sádico o satírico, lo endemoniado, lo divino, lo humano y lo extraterrestre; todo ello embadurnado por la letra muda del poema suicida. La iglesia en la que habita el poeta es su propia imagen reflejada en los versos marítimos, y su religión no es otra que la palabra, y su dios nos es más que la sombra de lo imposible que se tránsfuga y llega a la metamorfosis. Es Anacréonte su Dios, también lo es Píndaro, Virgilio y el Rodrigo Díaz de Vivar, y su virgen prostituida es la Dulcinea del Toboso, su David lo encarna Quevedo, su cristo fue Federico García Lorca, la casa cural es un prostíbulo, y a la iglesia siempre llegan los mismos romanceros alcohólicos a gritar entre dientes el credo de Aquiles Nazoa.
El poeta bautiza con sus lágrimas de vida, el poeta duerme entre los brazos de alguna celestina guajira y sus palabras se depositan en una inmensa nube gris, que ahora cabalgo cual Rocinante, mientras mis manos se regalan en una estela de sueños, dejo un charco de tinta, un océano de sangre, un poema alucinante, una blasfemia mal escrita, un evangelio para el poeta. Así concluyó, en los brazos de la poesía, en el estremecimiento oblicuo que produce una metáfora bien enterrada, en la reencarnación de la ideas, en el puerto oscuro de la inmortalidad, en la figura adolescente de alguna niña pervertida que hoy en esta nube me custodia. El poeta es Dios, las crea, las acompaña y las borrar, las perdona y las castiga, el poeta resucita las palabras.
Aquella noche estaba sentado en alguna nube gris cuando de repente observe mis manos, vi como mis uñas escupían tinta y como los papeles se arrimaban a mi cuerpo para ser calcinados mi inútil creatividad. Entonces decidí reencontrarme con mis deberes universitarios y empecé a escribir esto. Es verídico, el poeta tiene un no sé que, algo especial, un portal ínter-dimensional de sueños que se confabulan en las imágenes poéticas sepultadas en los versos. Hay palabras que tienen ese encanto alucinante que despierta el serpenteo en el estomago y la emoción incontrolable en las rendijas de los dedos. Siempre recuerdo un aforismo que escuche en clase, que justifica mi creación: “El Poeta es el Sacerdote de lo Invisible”, es cómico, lo primero que me pasó por la mente, fue la figura caucásica de Julio Jiménez, imitando la técnica de consumo de cigarrillos de Cesar Pavece y dejando caer las cenizas en una Biblia de paginas arenosas que simulaba los millones de cigarros que han muerto en su interior.
Luego, reflexione un poco más sobre este asunto del sacerdotismo. ¿Qué tan santa será la palabra? ¿Cuánta perversión cabe en el pecho de un poeta? ¿Cuántos poetas malditos hoy susurran al oído del Papa sus poemas de erotismo y aberrancia, mientras que la prensa amarillista se burla del sobrero azul que le tapaba las orejas?
Un poeta siempre esta envestido como sacerdote de la palabra, de ese numen invisible que en todos los pechos sensibles palpita. El poeta como el sacrílego esotérico que rinde culto a los kilómetros de tinta de un bolígrafo, mientras incendia a los santos para erguir la estatua de la lesbiana más poética de todas, la sacerdotisa Safo inmortal, la figura occidental del feminismo poético.
Tantas cosas convergen en el poeta; lo loco, lo sádico o satírico, lo endemoniado, lo divino, lo humano y lo extraterrestre; todo ello embadurnado por la letra muda del poema suicida. La iglesia en la que habita el poeta es su propia imagen reflejada en los versos marítimos, y su religión no es otra que la palabra, y su dios nos es más que la sombra de lo imposible que se tránsfuga y llega a la metamorfosis. Es Anacréonte su Dios, también lo es Píndaro, Virgilio y el Rodrigo Díaz de Vivar, y su virgen prostituida es la Dulcinea del Toboso, su David lo encarna Quevedo, su cristo fue Federico García Lorca, la casa cural es un prostíbulo, y a la iglesia siempre llegan los mismos romanceros alcohólicos a gritar entre dientes el credo de Aquiles Nazoa.
El poeta bautiza con sus lágrimas de vida, el poeta duerme entre los brazos de alguna celestina guajira y sus palabras se depositan en una inmensa nube gris, que ahora cabalgo cual Rocinante, mientras mis manos se regalan en una estela de sueños, dejo un charco de tinta, un océano de sangre, un poema alucinante, una blasfemia mal escrita, un evangelio para el poeta. Así concluyó, en los brazos de la poesía, en el estremecimiento oblicuo que produce una metáfora bien enterrada, en la reencarnación de la ideas, en el puerto oscuro de la inmortalidad, en la figura adolescente de alguna niña pervertida que hoy en esta nube me custodia. El poeta es Dios, las crea, las acompaña y las borrar, las perdona y las castiga, el poeta resucita las palabras.