7/18/2008

El poeta es el Sacerdote de lo Invisible

El poeta es el Sacerdote de lo Invisible

Aquella noche estaba sentado en alguna nube gris cuando de repente observe mis manos, vi como mis uñas escupían tinta y como los papeles se arrimaban a mi cuerpo para ser calcinados mi inútil creatividad. Entonces decidí reencontrarme con mis deberes universitarios y empecé a escribir esto. Es verídico, el poeta tiene un no sé que, algo especial, un portal ínter-dimensional de sueños que se confabulan en las imágenes poéticas sepultadas en los versos. Hay palabras que tienen ese encanto alucinante que despierta el serpenteo en el estomago y la emoción incontrolable en las rendijas de los dedos. Siempre recuerdo un aforismo que escuche en clase, que justifica mi creación: “El Poeta es el Sacerdote de lo Invisible”, es cómico, lo primero que me pasó por la mente, fue la figura caucásica de Julio Jiménez, imitando la técnica de consumo de cigarrillos de Cesar Pavece y dejando caer las cenizas en una Biblia de paginas arenosas que simulaba los millones de cigarros que han muerto en su interior.
Luego, reflexione un poco más sobre este asunto del sacerdotismo. ¿Qué tan santa será la palabra? ¿Cuánta perversión cabe en el pecho de un poeta? ¿Cuántos poetas malditos hoy susurran al oído del Papa sus poemas de erotismo y aberrancia, mientras que la prensa amarillista se burla del sobrero azul que le tapaba las orejas?
Un poeta siempre esta envestido como sacerdote de la palabra, de ese numen invisible que en todos los pechos sensibles palpita. El poeta como el sacrílego esotérico que rinde culto a los kilómetros de tinta de un bolígrafo, mientras incendia a los santos para erguir la estatua de la lesbiana más poética de todas, la sacerdotisa Safo inmortal, la figura occidental del feminismo poético.
Tantas cosas convergen en el poeta; lo loco, lo sádico o satírico, lo endemoniado, lo divino, lo humano y lo extraterrestre; todo ello embadurnado por la letra muda del poema suicida. La iglesia en la que habita el poeta es su propia imagen reflejada en los versos marítimos, y su religión no es otra que la palabra, y su dios nos es más que la sombra de lo imposible que se tránsfuga y llega a la metamorfosis. Es Anacréonte su Dios, también lo es Píndaro, Virgilio y el Rodrigo Díaz de Vivar, y su virgen prostituida es la Dulcinea del Toboso, su David lo encarna Quevedo, su cristo fue Federico García Lorca, la casa cural es un prostíbulo, y a la iglesia siempre llegan los mismos romanceros alcohólicos a gritar entre dientes el credo de Aquiles Nazoa.
El poeta bautiza con sus lágrimas de vida, el poeta duerme entre los brazos de alguna celestina guajira y sus palabras se depositan en una inmensa nube gris, que ahora cabalgo cual Rocinante, mientras mis manos se regalan en una estela de sueños, dejo un charco de tinta, un océano de sangre, un poema alucinante, una blasfemia mal escrita, un evangelio para el poeta. Así concluyó, en los brazos de la poesía, en el estremecimiento oblicuo que produce una metáfora bien enterrada, en la reencarnación de la ideas, en el puerto oscuro de la inmortalidad, en la figura adolescente de alguna niña pervertida que hoy en esta nube me custodia. El poeta es Dios, las crea, las acompaña y las borrar, las perdona y las castiga, el poeta resucita las palabras.


Cavernícola Citadino

El cavernícola se transforma en las calles sucias
hendidas en basureros
de la urbe de sal
corrompe los esteriotipos
las voces estereofónicas de alguna opera gordinflona
que flota en el húmero de un naufrago aturdido

El cavernícola se disfraza de banquero
cuenta doblones de dientes
de presidente muertos
Cavernícola libérrimo que vives atado a las briznas de brisas matutinas

Cavernícola
te disfrazas de agente periodiquero
de extraterrestre agrícola
y
funcionarios negros…

Son tus carnes
alimentos nutricionales empacados en Miami para alimentar Zamuros domésticos…

cavernícola de seño fruncido
aún te refugias de capitales ácidos en los recovecos fúnebres de una ciudad convulsa…

Los edificios grises se masturban
apuñalando el apéndice enfermo tu ciudad…
cavernícola esquizofrénico
erguido en dos patas por la gracia de Dios
perturbas al cuatrero
eres sumiso al cuatrista desafinado
que entona letras fétidas de hombres barbados
susurrantes canciones que vibran con elocuencia
cúpula orquestal de una ciudad endemoniada

Cavernícola ataviado de rencores
cimarrón indecentes
huyes de las feroces miradas filosóficas del iguanodonte
permítete la lanza de poeta
escudo borgiano de los incrédulos y machos de letras…

cavernícola fornido
cabalgas la miseria de tablas podridas
de concéntricas sonrisas martirizantes
filarmónicas suicidas que entonan a Bach
con labios desabridos y voz de chica rubia de coral
cíclico confluir de vellos
pecho peludo pesado y sudado
obrero sin sindicato
con prismas tejidos en la ropa intima de su ideología
borde acústico del masoquista erecto
el partidista lo golpea con tifones punzantes
lo desangra en un apnea atemporal
asfixia su pulgar izquierdo

Cavernícola citadino te enfrentas al duro horizonte
difuso
obstruido por pavimento
y ancianitas muertas en la esquina
héroes pegosteados en el Pirelli de un atiborrado turboencefalobus
con dirección a los suburbios infernales de la necrópolis de Rimbaut

Cavernícola que mueres,
la modernidad te excreta en el rostro
los poetas paranoicos mienten tu figura
mientras llenan su cuerpo de calco
Cambia de color tus ojos
emigra al otro hemisferio de tu mente
antes que la evolución borre tus pasos.





3/14/2008

Gestos Empresariales

Con un desquiciador movimiento de perrito de taxi el hombre soso se posa ante su dueño. Sonríe entupidamente mientras el empresario le relata alguna historia que verdaderamente no es escuchada, simplemente asentida en el intento más ridículo de alabar al burgués.

Un escritorio marrón, algunos pisapapeles púrpuras. La foto envilecida de sus drogómanos hijos, la secretaría gorda que teclea una carta fatica con agresividad. El periódico disperso en la sala de reuniones, algunas tazas de café vacías y la carcajada poco intelectual del hombre soso. Sus gruesos lentes que le tatúan una especie de marca masoquista en la nariz, una especie de estigma empresaria, un recuerdo de sus fatídicos años universitarios.

La arteriosclerosis intentaba matar a su mujer y no puede. El hombre sale taciturno de la oficina creyendo que es el empleado más sucio de la empresa. Conduce maquinalmente sus pasos. Es un autómata capitalista de grandes orejas que no puede respirar sin permiso de su jefe. Saluda a Mónica, su secretaria, que ahora esta hablando por teléfono en una de sus interminables discusiones con sus hijos por las conductas homosexuales de su chiguagua. En este momento recuerda que Damián (su hijo mayor) no sabe cocinar. Recuerda que su esposa se cansó de él y hace tres noches lo abandonó, dejando a la suerte a sus mugrosos hijos. Intenta abrir la ventana, pero sus débiles manos lo único que logran es su profundo agotamiento. Un sentimiento de impotencia lo condena a volver a su chirriante silla, junto al escritorio marrón, donde llegan diáfanas y explicitas todas las imprecaciones de Mónica y los niños jugueteando con el ano del pequeño animal.

Su mano derecha tiembla, así que no culmina el pensamiento impulsivo y se detiene a observar el mísero temblor. Su debilidad litiga con su existencia. Mónica jura que matará al perro cuando consiga a sus hijos metiéndole el pito. Damián no sabe cocinar, lleva tres días sin comer. El jefe gano por catorce hoyos el último juego de golf con el gendarme petrolero de torre vecina. La ventana esta cerrada, un calor asfixiante se infiltra en su sangre. Ha decidido matar a su jefe.

Detiene el temblor con el aleteo de la mano, al compás de sus presuras. Empuja la silla con fuerza. Estremece la puerta y la cierra con endemoniada furia. Mónica le dice a sus hijos que hagan lo que quieran, su jefe esta disgustado. Los muchachos celebran en unísono. Él sigue caminando. Mónica se levanta de su desbarajustado asiento. El autómata hace sonar las vértebras de su cuello en más de veinte ocasiones antes de llagar a puerta de roble fino, escondite de millones de adulaciones infértiles. Sin tocar, irrumpe en la oficina. El jefe sonríe sagazmente, cree que las lisonjas volverán a bendecir su soberbio cuerpo.

Él, lo mira cual espectro demoníaco. El jefe conoce esa sonrisa. En los años sesenta pasó más de una vez. Los empleados ensimismados, imbuidos en teorías marxistas, desollaban a sus jefes y los lanzaban por el ventanal ejecutivo de su torre financiera. “Como adivinaste que pensaba llamarte para tu aumento de suelto”. Pero el hombre soso había despertado. Estaba sordo. Era ciego. Sólo pensaba en una cosa.

Cientos de miradas se conducían al interior de la oficina a través de la puerta abierta. Mónica, un poco asmática se deslizaba a su máxima velocidad para evitar una masacre. El empleado lanzó todas las bisuterías empresariales del escritorio al suelo. Alzó las manos a la altura de los hombros. Movió con brusquedad el escritorio. El jefe, estaba entre su silla de dos millones de dólares y su esquizofrénico empleado. Un gesto nervioso, prorrogativo de llanto se insinuaba en la colorada cara del jefe. Todos sus vellos estaban erectos. El silencio se apodero del lugar. El empleado disfrutaba pensado la ridícula cara de inferioridad de su adulado jefe. Damián, su hijo mongolico debe tener mucha hambre. Su mujer se debe estar acostando con un camionero que tenga la pinga más grande que él. Mónica cae al suelo en un incontenible ataque de asma. El jefe llora como una niña, pidiendo perdón quien sabe por qué. Y lo único que se escucha en la fría hosquedad del temor, son los alaridos de un chiguagua en el auricular del teléfono.

Luis Perozo Cervantes

PARA una tarea de PROCESAMIENTO DE DATOS

PARA una tarea de PROCESAMIENTO DE DATOS
Fue una propuesta de logo para el plan: "Escuela de Lectores Voluntarios" de la escuela de letras, pero nunca me aceptaron. A mi me gusta y me costo tiempo hacerlo, por eso lo comparto.

Luis Perozo Cervantes

Luis Perozo Cervantes
Ganador del Premio Andrés Mariño Palacio mención narrativa 2007

Algunos blogs que deberías visitar

UN DÍA SIN VIENTO



Era una tarde sin viento, en un pueblo abandonado por la brisa que moría en el recuerdo de la doncella amarrada a los suspiros de la mar.
Era un día sin viento y una mujer sin sombrero que se entrega al mar en cada huella que deja sus tierras. Eran sus ropas pequeñas porciones de pudor, eran sus manos rosadas, suaves y de tuétanos blandos, era su aliento una danza de alegría por la ausencia del viento.
Era una mujer vestida de ramales, una hada, una diosa, colmaba sus pasos con los susurros de las plantas. Esos pasos, sus pasos, eran fieros caminos, rumbos que se tatuaban en la tez de los océanos.
Era una playa sin viento, y una minerva sin velos, sin sombrero, que danzaba con ropas de cuero y destellaba entre sus manos la confianza; podía andar sin ataduras, la playa era puerta franca para sus pechos libres, no había viento que entrará en sus rincones; no había brisa que pudiera profanar sus cabellos, se sentía ausente de la omnipresencia del viento, ella se había convertido en ráfaga desnuda, en aliento, era pura y cristalina, era parte del mar y el mar la hacía suya en cada oleaje, tomaba sus curvas, las besa con el suave aleteo de su marea. Era ella, sin sombrero, danzando de alegría, en la playa de un de pueblo que muere y estremece en el ocaso de un día sin viento.

Presentación de la Poesía Completa de Maria Calcaño

Presentación de la Poesía Completa de Maria Calcaño
Libreria del Sur 23/07/2008